El dresscode, el gran despreciado

A petición de un amigo vengo dispuesta a sacar los entresijos del dresscode en el despacho, el gran olvidado y despreciado.

En los despachos en los que el código de vestimenta es obligatorio, se olvida la teoría de la productividad asociada al vestir, y se entiende que es una norma escrita que forma parte del contrato. Una necesidad, quizás una inutilidad obligatoria impuesta por la empresa. Puede que incluso lo percibamos como una impostada imagen de profesionalidad, demasiado superficial como para merecer el uniforme.

En cambio, en los despachos en los que no hay reglas definidas acerca del vestir, las normas autoimpuestas se perciben, sin duda, como una muestra de arrogancia, como la perfidia hacia la auténtica productividad y seriedad de la empresa. Total, hacemos ya bastante bien del trabajo como para tener que ‘preocuparnos’ por la imagen que proyectamos. No necesitamos sumar ese plus puesto que lo que nosotros valemos en el trabajo depende única y exclusivamente de la calidad de lo que producimos. ¿No?

Pero, ¿dónde quedan los estudios demostrando que los estudiantes que hacen un examen con una camiseta de superman obtienen mejores resultados? Si un logo de superhéroe es capaz de sacar lo mejor de nosotros mismos, ¿por qué no nos convierte un traje en mejores profesionales? Puede que sí lo haga.

Hagamos un poco de brainstorming. Somos estudiantes, estamos en la universidad, queremos ponernos a ello pero todavía no tenemos un método de estudio definitivo. Nos cuesta arrancar. Venga “ordeno y me pongo”, “limpio la mesa y me pongo”, “me ducho y me pongo”, “me visto y me pongo”…Es verdad que el cerebro busca excusas en acciones aparentemente necesarias para falsear la idea de la productividad, sin dejar de procrastinar el tema que nos debería ocupar, que es estudiar para el supuesto examen.

¿No será que aunque nuestro cerebro busque excusas, todas esas otras nimias tareas también son igualmente necesarias? Puede que levantarse por la mañana, arreglarlo todo, ducharse, vestirse, maquillarse, ordenar  la mesa y tenerlo todo preparado, no solo reste inseguridad sino que elimine pequeñas necesidades de orden en las que perder el tiempo, postergando sin fin el objeto último, que es el trabajo.

Eliminemos esas minucias, esos pensamientos paralelos.

Hablemos ahora de la incomodidad. A mi es que me gusta recrearme en las palabras de Tanizaki cuando decía “el refinamiento es frío”, cuando describía el lujo pero también la incomodidad de los baños tradicionales japoneses, históricamente alejados de la casa,  permitiendo que la más banal de las cotidianidades estuviera fuera del hogar. Lejos de otras cosas aparentemente más dignas.

Siempre que pienso en fin de semana, pienso en la nonchalance, ese término francés tan maravilloso que describe al mismo tiempo la despreocupación, lo casual de la indiferencia, la indolencia y el languidecer frente a una circunstancia sin afrontarla. ¿No es la imagen de la nonchalance la de las escenas impresionistas, orientalistas, de las odaliscas? Envueltas en mantas, o sin ellas, languideciendo relajadas. No me imagino yo ningún pensamiento profundo en las divas de aquellas pinturas.

Tomando como antagonista la nonchalance, en contraposición a la productividad, al fluir en el trabajo, ¿no es posible que una ligera incomodidad nos permita seguir bastante relajados como para no incrementar el estrés propio del despacho, pero suficientemente tensos como para no languidecer?

Si la imagen personal hace que a uno se le perciba como más serio, más productivo, más eficiente y más comprometido con su puesto de trabajo, fantástico. Sino, no importa, yo seguiré combatiendo los pensamientos paralelos, la necesidad de atacar otros frentes abiertos y la nonchalance.

Espero que os haya gustado y hasta la próxima.

Ll.

 

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